Conocí a Joseph Martin mientras recorría la fachada de Santa Sofía. Era el primer día de un viaje con otros periodistas y fotógrafos por la Tierra Santa Turca y, sin saber que horas más tarde seríamos compañeros de camino, la estampa de aquel hombre alto y barbado que llevaba las cámaras en ristre como miembros de su cuerpo me llamó poderosamente la atención. Sentado en los jardines observé sus movimientos, su espera de la sombra, su búsqueda de los detalles.

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